viernes, 13 de diciembre de 2013

La foto descubierta: Cándida López Cano, in memoriam

He estado estos días merodeando por viejos álbumes de fotos. Son tantos los momentos registrados que ni siquiera recordaba haber vivido alguno de ellos. Entre estas fotografías revisadas me he encontrado con una que me hace una especial ilusión, aunque a la par me provoque cierta congoja. Aparezco en ella con una mujer especial, una amiga que se marchó tímidamente el pasado 24 de septiembre, algo más de tres años después de que lo hiciera su máximo sostén vital: su marido, amigo, padre, hermano… Es Cándida López Cano, que antaño se convirtiera en la modelo Ita del Olmo, que en ocasiones mutara en la actriz Candice Kay (1) y que sobre todo fuera Cándida, representante de actores. Su hombre, Aldo Sambrell.

A pesar de las muchas horas que he podido intercambiar con Cándida, casi todas en la oficina de Asbrell Productions en la Gran Vía madrileña, otras cuantas en su casa de Umbría de Fresneda (Viso del Marqués), algunas en su piso madrileño de Avenida del Mediterráneo y muy pocas en su retiro de Alicante, mi memoria (más frágil de lo que creía, parece ser) me porfiaba que no poseía ni una sola imagen a su lado.  Y la verdad se impuso: ayer encontré esta foto, precisamente tomada junto a su bonita casa de Umbría. En la imagen se nos ve hablando cariñosamente, con seguridad sobre lo que estábamos a punto de hacer: rodar una escena de mi cortometraje Río seco, un “flashback” en el que el personaje principal, un viejo actor trasunto del propio Aldo Sambrell, pasea feliz junto a su esposa. Él recuerda este momento sentado en un sillón, llorando y abrazando la pamela de su mujer fallecida. ¿Quién me iba a decir a mí que tan solo 8 años después me iba a encontrar como mi personaje, recordando una y otra vez los paseos con mi mujer y abrazando los momentos que no quiero que se vayan?

Dicen que el tiempo pone las cosas en su sitio. No sé si es verdad, pero a veces nos regala estos pequeños encuentros. Si por mor de avatares de posproducción, Río seco supuso una brecha en mi amistad con la pareja Aldo-Cándida, retomada tiempo después, esta fotografía  (y sobre todo mis años vividos, que han templado mi carácter) me reconcilian de nuevo con Cándida López Cano y, por ende, con su esposo Aldo Sambrell. Y digo “de nuevo” porque, aunque tarde, por fortuna pude hablar con ambos, sobre todo con Cándida, y abrazarnos como lo hiciéramos durante nuestros días más cálidos.  Por desgracia, la relación retomada se fue al traste el 24 de septiembre, cuando de forma inesperada (aunque había tenido varias recaídas de salud), Cándida decidió descansar para siempre. Pocos días atrás me telefoneó para interesarse por la salud de mi mujer. Hoy ya no están ninguna de las dos. Y, esperando que el 2014 cambie positivamente el rumbo de mis horas, me entristece pensar en los amigos que se han ido en estos tres últimos años, fatídicos por esto y por múltiples cosas.

Miro esta foto, en la que Cándida aún permanece, y no puedo dejar de pensar que, si pudiéramos abrir el campo de la imagen, Aldo también estaría allí y que, si una cámara fantástica nos dejara ampliar los márgenes de la foto a placer, podríamos ver a Montse Gómez en Madrid, quizás trabajando en televisión, a Antonio Rodríguez Lorca escribiendo poemas en Cádiz y a Fernando García Rimada paseando risueño por Málaga.  Era 2006 y estaban todos en este mundo. Y ante esta fotografía, y ante estos recuerdos, la muerte no tiene nada que hacer.

(1) La última jugada (Aldo Sambrell, 1975), La doctora, el alcalde y su señora (Mario Bianchi, 1979), Los tres supermanes contra el padrino (Italo Martinenghi, 1979), Matar para vivir (Aldo Sambrell, 1986), Al oeste de Río Grande (José María Zabalza, 1983), Río seco (José Manuel Serrano Cueto, 2006). 

© José Manuel Serrano Cueto

1 comentarios:

Pilar Amérigo dijo...

Ayer viendo los Premios Goya me enteré que Cándida,ya no estaba entre nosotros, sufrí un fuerte impacto porque la última vez que hablé con ella fue en agosto pasado, me dijo que iba a venir su hijo y después me llamaría, ahora comprendo porqué no lo hizo, porqué no supe nada más de ella.
La conocí poco después de morir su marido, empatizamos enseguida, sentí como dos almas que se encuentran, nos teníamos un profundo cariño y me ayudo cuando perdí a mi madre, eran de la misma edad.
Siento no haberme podido despedir de ella pero se, como con mi madre, que esa mirada profunda y sincera la volveré a ver.
Gracias por su recuerdo.

José Manuel Serrano Cueto

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