miércoles, 26 de diciembre de 2012

"Condenados a luchar": cineastas en trincheras muy profundas

Hace unos años acudí como invitado al Festerror de Lloret del Mar y en un descanso entre proyección y proyección me asaltó James J.Wilson, un videoasta de guerrilla que presentaba allí mismo una serie de cortos, la trilogía Campamento sangriento, émula de las sagas "slasher" americanas pero, por supuesto, bastante más desvergonzada. Arrastraba Wilson a parte de su equipo, incluido su inseparable Emilio Moya, peculiar actor al que se puede ver vomitando durante toda la trilogía, un leitmotiv escatológico que viene a subrayar la poca seriedad del conjunto (nunca se pretendió la solemnidad), ya que, en definitiva, Wilson homenajea a sus referentes cinéfagos desde la más alocada parodia (homenajea, y respeta, no en vano la película de la que hablaré a continuación se dedica a la memoria de Paul Naschy, "de parte de todos nosotros"). Por aquel entonces, año 2010, Wilson estaba haciendo un documental sobre gente que, como él, se echa la cámara doméstica al hombro para grabar sus cosas, tipos como Dani Moreno, Naxo Fiol o Jordi O. Romero, algo que, en principio, me recordaba mucho a otro documental, el interesante y desgraciadamente invisible (por ahora) Te en-video (2008), dirigido por el madrileño Víctor Olid de igual forma: sin medios, muchas ganas y no poco conocimiento del tema en cuestión. Wilson me explicó un poco de qué iba su película y me pidió grabarme en el cuarto de baño, por aquello de la acústica, como haría con prácticamente todos los entrevistados. Y allí, en ese baño, me hizo unas pocas preguntas... Al tiempo, he de ser sincero, me olvidé del asunto. Sin embargo, en este pasado Sitges, el controvertido Wilson me regaló el DVD de su documental, titulado finalmente Condenados a luchar (era otro el título previsto, pero tampoco lo recuerdo: ¿quizás el significativo "elegidos para la gloria" del subtítulo?). Salgo en él muy brevemente, en verdad como un intruso…

Condenados a luchar, que se pudo ver en Sitges 2011, se abre con una frase de Thomas Carlyle adecuadísima: "El hombre valeroso que lucha como un bravo obtiene siempre, aunque solo sea de tarde en tarde, algún pequeño triunfo, y ya es bastante para alentarlo a proseguir". Wilson, Fiol, Moreno, Romero, Adrián Cardona, Chema Ponze, David Muñoz y tantos otros, presentes o no en la película, se sienten orgullosos de estar en las trincheras, facturando trabajos que en ocasiones tienen una exhibición amistosa, aunque Internet les abra fronteras, y que, en otras, sobrepasan las expectativas, alzándose con premios y agasajos. Se vanaglorian de hacer películas de escasa calidad y no necesitar el éxito, pero detrás de esto, que para mí en algunos casos no es más que una pose (y lo digo con absoluto cariño), se esconden unas ganas absolutas de trascender más allá del diminuto círculo del “underground” (círculo a veces demasiado cerrado e intransigente, todo hay que decirlo, como lo es también, aunque mucho menos divertido, eso sí, el de la remilgada elite). En ocasiones, y aunque les cueste reconocerlo, desean conseguir, aunque solo sea por una vez, "un pequeño triunfo", pero más grande de lo habitual en ellos. Por eso estos directores (¿hay alguna mujer en el grupo?) se sienten como pez en el agua en un festival tan especial como es el de Cotxeres de Sants, y en concreto en su Cortos para Cortos, donde el vapuleo e insulto a las obras exhibidas se recibe de buen agrado porque, en el fondo, lo que hay es un enorme regocijo por aupar lo cutre. Allí son los reyes. No caben amenábares, balaguerós o erices en Cotxeres de Sants, sino fioles, olides, wilsons y juanes. En Cortos para Cortos, del que se habla en Condenados a luchar, se apuesta por el cine absolutamente amateur.

Aparecen otros festivales en el documental: Badalona, Barcelona, Lloret del Mar, Molins de Rei son algunas de las paradas del tour que Wilson realiza para rendir tributo, de paso, a esos espacios que brindan el encuentro y el (re)encuentro a tan peculiar grupo. Dice Wilson en Condenados a luchar que cree que ellos hacen los cortos para ir a los festivales, "lugares entrañables donde nos juntamos todos: nosotros, los que nos critican, nosotros criticamos, la gente grita, cervezas, la gente consume cosas. Cada año hay siete u ocho festivales donde nos encontramos, lo pasamos bien, sacamos unas fotos... Lo mejor son estos festivales de bajo presupuesto que nos dan la oportunidad de darnos a conocer sin desprestigiar a los de grandes presupuestos, que espero algún día estar en esos". Asume Wilson, con sinceridad, su deseo de ir subiendo peldaños en el cine. Y es que, como he insinuado antes, a menudo el mantra de los directores de este cine de bajo o nulo presupuesto es que no aspiran a más, renegando de un cine oficial deficitario infectado por las subvenciones. Con acierto, Dani Moreno defiende el cine de género, comercial, como receta para crear una industria solvente. Las propuestas de los entrevistados en Condenados a luchar deambulan muy a menudo por el cine de género, al que defienden a capa y espada el citado Moreno, autor de Martians go home! La venganza de Sara Clockwork (2006), que no se imagina a "alguien con una camiseta de Truffaut, pero sí que me imagino a alguien con una camiseta de Re-Animator o de Day of the Dead". Tiene toda la razón. ¿Quiénes viven con más pasión y vísceras el cine que los aficionados al terror, el gore, la ciencia-ficción…? Wilson y sus luchadores son, antes que nada, fans, seguidores acérrimos de uno u otro género, devoradores de películas de muy pequeños, ya fuera en sesiones dobles o en videoclubes de barrio y, cuando pueden, que en ellos es casi siempre, se atreven a contar sus propias historias, con menos que más presupuesto, saltándose porque les viene en gana las reglas de todo. Y, entre la ingente producción de los presentes, y los que no están, en el documental se pueden encontrar joyitas dignas de mayor repercusión. Aunque, si esto ocurriera, quizás dejarían de estar condenados y entrarían a formar parte del grupo de los elogiados, una situación a veces más perversa que la que ahora ocupan.

© José Manuel Serrano Cueto
José Manuel Serrano Cueto

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