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viernes, 13 de diciembre de 2013

La foto descubierta: Cándida López Cano, in memoriam

He estado estos días merodeando por viejos álbumes de fotos. Son tantos los momentos registrados que ni siquiera recordaba haber vivido alguno de ellos. Entre estas fotografías revisadas me he encontrado con una que me hace una especial ilusión, aunque a la par me provoque cierta congoja. Aparezco en ella con una mujer especial, una amiga que se marchó tímidamente el pasado 24 de septiembre, algo más de tres años después de que lo hiciera su máximo sostén vital: su marido, amigo, padre, hermano… Es Cándida López Cano, que antaño se convirtiera en la modelo Ita del Olmo, que en ocasiones mutara en la actriz Candice Kay (1) y que sobre todo fuera Cándida, representante de actores. Su hombre, Aldo Sambrell.

A pesar de las muchas horas que he podido intercambiar con Cándida, casi todas en la oficina de Asbrell Productions en la Gran Vía madrileña, otras cuantas en su casa de Umbría de Fresneda (Viso del Marqués), algunas en su piso madrileño de Avenida del Mediterráneo y muy pocas en su retiro de Alicante, mi memoria (más frágil de lo que creía, parece ser) me porfiaba que no poseía ni una sola imagen a su lado.  Y la verdad se impuso: ayer encontré esta foto, precisamente tomada junto a su bonita casa de Umbría. En la imagen se nos ve hablando cariñosamente, con seguridad sobre lo que estábamos a punto de hacer: rodar una escena de mi cortometraje Río seco, un “flashback” en el que el personaje principal, un viejo actor trasunto del propio Aldo Sambrell, pasea feliz junto a su esposa. Él recuerda este momento sentado en un sillón, llorando y abrazando la pamela de su mujer fallecida. ¿Quién me iba a decir a mí que tan solo 8 años después me iba a encontrar como mi personaje, recordando una y otra vez los paseos con mi mujer y abrazando los momentos que no quiero que se vayan?

sábado, 10 de septiembre de 2011

Antonio Rodríguez Lorca vuelve al papel gracias a Tántalo

La Asociación Cultural Tántalo, que fundó el poeta granadino afincado en Cádiz, Antonio Rodríguez Lorca, fallecido en 2010, ha tenido a bien rendirle homenaje publicando una antología poética seleccionada por su propio hijo Gabriel, ahora presidente de la asociación y director de la revista cultural Tántalo. 

Para alguien que, como yo, conoció a Lorca bien, viviendo con él anécdotas de todo tipo, algunas más divertidas que otras, releer ahora sus poemas es como realizar un viaje en el tiempo para recordar cada una de ellas. Fui, además, testigo de la creación de algunos de esos versos o, cuanto menos, de sus primeras lecturas. Conozco, de hecho, algunos secretos. Me cuesta, pues, ser objetivo al evaluar estos poemas de Rodríguez Lorca, ya que hay demasiada ligazón emocional. Esto no me impide, no obstante, recomendar su lectura porque sí puedo decir, sin sonrojarme, que Rodríguez Lorca tiene ramalazos de genialidad, como cuando habla de la muerte, esa muerte que tantas veces mascullaba: "Al oráculo recurro para saber / por qué, si estoy muerto, no muero", dice en "La última lucha de Hércules". Sus poemas no surgen, como a veces se da el caso, de un deseo de demostración intelectual, sino de una profunda necesidad vital: Lorca necesitaba escribir para entender y expresar su propia existencia.

Este poeta de Húetor-Tájar, donde una calle honra su memoria, conocía a la perfección la métrica y los ritmos clásicos, pero también se manejaba con soltura cuando quería desprenderse de tales ataduras. En el verso libre, que él, de todos modos, nunca defendió demasiado, se encuentran algunos de sus mayores aciertos. No obstante, si hay algo que siempre admiré de él fue su facilidad para componer sus maravillosos títulos, ya fueran de los poemas o de los poemarios: entre los primeros, y por citar los elegidos por Gabriel Rodríguez Morales, "Casida de las hienas", "Si aquí tu nave arriba", "Gacela del momento seráfico"; entre los segundos, Alcandoras, Lo que sucedió y nunca volverá, Sala de espera del expreso al Parnaso, Cóctel de luces y sombras.

Esta Antología poética, Antonio Rodríguez Lorca, número 86 ya de la colección de libros Tántalo, es un justo atributo a alguien que dio mucho a la cultura gaditana. Cádiz no le ha hecho justicia a Rodríguez Lorca, cuyo legado, no solo sus libros, sino sobre todo la revista Tántalo, aún continúa adelante, casi veinte años después de creada. Durante años el llevó a su barrio, La Laguna, conferencias, lecturas poéticas, teatro, conciertos, animando a muchísimos jóvenes a participar. En estos actos estuvieron Fernando Quiñones, Gabriel Baldrich, Manuel Pérez Casaux y otros muchos escritores de más o menos prestigio. Espero que el tiempo le dé su lugar. Mientras seguiré leyendo sus poemas y, sobre todo, recordándole como una de las personas más destacadas de mi vida.

lunes, 26 de abril de 2010

Adiós a un amigo y maestro: Antonio Rodríguez Lorca

Desde que le conocí, hace casi veinte años, el poeta granadino Antonio Rodríguez Lorca siempre quiso morirse. Todos los días le quedaban pocos días de vida. Y así nos lo hacía saber a quienes estábamos con él. Ahora sí que se lo ha llevado la Parca. Tras una larga enfermedad. El 21 de abril moría en Cádiz, tierra que lo acogía desde hacía años, una persona con la que he vivido momentos de todo tipo. Rodríguez Lorca, pariente lejano de Federico según gustaba recordar, ha dejado muchos libros atrás y un bastión cultural indiscutible para las gentes sin élite: Tántalo. Publicación trimestral que le ha sobrevivido gracias al esfuerzo de su familia. 

Recordaré mientras la memoria me deje las horas que pasé a tu lado, allá en tu terraza, oyendo de ti absolutamente de todo. Preso tan sólo por la enfermedad y las costumbres sociales, tu alma sin embargo estaba lejos de ser presa de nadie ni de nadie. 

Ahora, cada vez que suena el teléfono pienso que tu voz ronca y quejumbrosa estará al otro lado para recordarme que los escritores debemos ser absolutamente libres. Tu Huétor-Tájar natal, al que tú jamás olvidaste, sabrá de ti dentro de poco, cuando tus cenizas reposen cerca de aquellos espárragos que han hecho famoso el pueblo y de los que te sentías tan orgulloso.

Un abrazo, amigo. Te debo tanto...
José Manuel Serrano Cueto

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